domingo, abril 02, 2006

Parte I: El accidente

“Hay una sola cosa esencial que puede comunicar la palabra la incapacidad de comunicar lo esencial.”

Friedrich Hölderlin






“El mejor prólogo para introducir a una obra, debería ser otra obra, y
no un estudio sin espíritu. Todo intento analítico, tiene un tufillo
de superado, pretendiendo reducir la obra a un análisis que, mayormente, se hace obsoleto a la siguiente generación” H. P. Habber (Globalización y Poesía.)





“Lo que se ha destilado de a poco

no quieras tu bebértelo de un trago”

E. M. Estrada





Desde ese primero de octubre comenzó con una racha de mala suerte. La esperaba, porque creía en la maldición de ese mes. Tomó el colectivo, pero no a la misma hora, eran cinco minutos de retraso, o más. Lo sabia porque no estaban las personas de siempre en la parada. Al subir saco boleto y siguió hasta el fondo. El coche estaba lleno y se ubicó de pie, cerca de la puerta trasera.(Más adelante intentaría recordar ese momento; mejor dicho intentaría recordar quien era en ese momento, pero no podría, sería quizás que era un ser inerte al no estar conectado con el dolor o con las cosas esenciales.)
Miraba por la ventanilla, tomado del pasamanos del techo.
Un momento todo fue el fluir normal, al otro instante se sacudía el espacio, la gente caía, el tiempo quebraba su rutina, golpes, no sabía cuantos. Miró como la ventanilla del colectivo perdía el ciclorama de la ciudad y comenzaba un zoom contra el asfalto.
El coche cayó de lado. El movimiento duró una eternidad personal. Suena trillado pero es lo que sucedió... vió toda su vida, la escuela, los padres, la perrita, los mares de 1977 y 1983.........
Luego las imágenes se hundieron en el asfalto, se perdieron entonces los límites. las grietas del alquitrán, las figuras que ven los ojos cuando caen los párpados..........
Pasaron después muchas cosas, muchísimas, pero contarlas sería algo tedioso. Tienen que ver con lo onírico, con los recuerdos, con alguna sensación del exterior que se filtraba en su estado de coma y disparaba su zoológico de fantasmas.

Estuvo tres meses inconsciente.

Despertó y lo que primero vio fue una pared que trepaba alta hasta el techo y una mancha de humedad, que se parecía al mapa de España, en un ángulo. Escuchó un ruido, levantó la cabeza de la almohada y vio una enfermera de espaldas, petisa y culona.
La vida comenzó a ser más sencilla para Gabriel.
Se le notaba en la expresión tranquila, una humilde claridad. Ya no pretendía mucho de la vida, solo lidiar con los avatares y ser lo más justo posible. Una premisa muy simple, pero sabemos que al enfrentarse con los entramados matices de la realidad, se convierte en una difícil quijotada. Algo había cambiado en él. Vio la muerte, vio lo efímero, vio el estado doliente de todo lo creado. Quizá se despertaron en él las enseñanzas cristianas de cuando niño.
O fue el alma con su sabiduría innata la que se levantó y tomó el mando de lo encarnado.

Entonces Gabriel Levuona, ese muchacho de 19 años, apuesto y quizás un poco frívolo, parecido a los de su generación, en sus muletillas para hablar, en sus programas preferidos de televisión, en su trato a las mujeres, se transformó en un ser inquietante.
Ahora leía la mayor parte del tiempo y en pocos meses su habitación se llenó de libros.
Sus familiares y amigos temían, porque se había vuelto muy silencioso. Lo poco que hablaba era para echar alguna sentencia, algunas patéticas, otras subjetivas, algunas sabias.
Su idea de una justicia tan desinteresada le daba un aspecto no humano, por lo cual algunos empezaron a tenerle cierta aprensión parecida al miedo.
Gabriel hubiera preferido morir, no por tristeza, ni vacío, ni sin sentido, sino porque cada momento de mantener su espíritu en una línea de justicia era una tarea titánica. No quería echarse a perder. Cada mañana al levantarse no estaba seguro de poder moverse con rectitud en los infinitos matices de la vida. Cada noche al acostarse meditaba algún hecho menor o mayor en el que no había actuado con certeza.
Gabriel creía que en este momento su alma envolvía a su cuerpo, pero sabia cual era la verdadera naturaleza de la fórmula humana, sabía que en algún momento la carne volvería a tomar el control. Ese era el signo del mundo, no era un ingenuo, había sucumbido en su vida anterior a todas las mezquindades, y aún las sentía latir débilmente en sus fondos.
Se había vuelto infinitamente comprensivo y tolerante con los demás.
Después de su estado de coma, Gabriel vivió muchos meses mimado por su familia.
Intentó varios estudios sin terminarlos, Medicina, Música, Literatura. Estuvo un tiempo en un grupo cristiano. Los años pasaron.
A los 25 años Gabriel consiguió un trabajo de cadete. Con el segundo sueldo se mudó a una pensión.

-Ahora puedo penar sin sentir culpa- pensó al independizarse de su familia.

En la primera entrevista que tuvo con el jefe de personal decidió ser sincero, aunque eso no lo beneficiara.

-¿Estás satisfecho con tus progresos en la vida? –le preguntó el gerente en un falso tono coloquial.

-A veces mucho, a veces casi nada, la mayor parte del tiempo oscilo entre esos dos polos.-

El jefe de personal dibujó una sonrisita de costado, entre burlona y complaciente.

Así empezó a trabajar en una oficina.

Ya no esperaba nada de nada. Solo ser justo cada día.
Esa actitud lo hizo agradable a algunos compañeros, digamos a aquellos que no lo veían como competencia, y a otros que veían en él, algún rincón de su propia alma.
Pero estaban los que lo consideraban estúpido o monstruoso.
Pasaron dos años, y no sé porque maniobra empresarial, lo despiden de su trabajo. El no tenía ahorros, y nunca se preocupó por multiplicar el dinero. Al poco tiempo se vio cercado por la miseria.

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